Conceptualización visual, fotografía,curaduría: Mario Javier Bucheli R. Concepción y montaje:Béatriz Nates Cruz, Paula Velásquez López y María García Alonso
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Tempografía
Infografías del territorio
Marcajes de tierra, territorio y civilidad
Las infografías territoriales entendidas como marcajes y huellas territorialmente constatables, los pobladores de Samaná, Pensilvania, Aguadas y La Dorada, nos ponen de manifiesto cómo la institucionalidad debe materializarse a través de la relación tierra y territorio. Así mismo, nos invitan a entrar en sus ejercicios de civilidad desde abajo, es decir, desde las implicaciones de “vivir la vida de todos los días” que es, en última instancia, lo que configura la vida cotidiana; esto es lo que podemos definir como geografías de la civilidad. Por tanto, la interacción entre tierra, territorio y civilidad, es lo que finalmente debería cerrar el círculo de la credibilidad y la gestión de la institucionalidad.
En un marco de doble lectura de la institucionalidad, resulta importante señalar que la transgresión del derecho de tierras y territorios, que por lo demás es inseparable de otros derechos humanos, merece un trato jurídico especial en el que pueda protegerse tanto el bien material (la tierra) como el componente simbólico asociado a él (el territorio). El desconocimiento de cómo se territorializa, desterritorializa y reterritorializa la memoria en los escenarios de conflicto armado según el modelo de reparación integral, condena a ésta a inscribirse sólo en la restitución de tierras, dejando de lado, impidiendo u olvidando la restitución de territorios o su sentido de pertenencia. Esto implica la reconfiguración de los conflictos territoriales y deja por fuera las garantías de no repetición que representan la mayor justificación de la adopción de los modelos de reparación.
La relación tierra-
El sentido colectivo de pertenencia se materializa en los hábitos que van conformando una geografía de la civilidad, en los marcajes topográficos y las prácticas negociadas para poder vivir en comunidad, que establecen claramente una relación entre espacio físico/ espacio social. Sin esta relación como base, no puede hablarse ni jurídica, ni políticamente, de procesos de restitución integral puesto que ésta es imposible si no existe una reparación simbólica, mediante el reconocimiento de las estrategias individuales y/o colectivas de representarse (posición/posesión) e imaginar (anhelo/proyección) una tierra vivida como territorio, su territorio.
Tierra, territorio y geografías de la civilidad pueden pensarse en términos de lo político y de la política de postconflicto, sólo en la medida en que se complementen dos escalas: la escala tradicional que pone el énfasis en la economía, la dificultad de acceso en distancia geográfica y la división político administrativa; y la escala como valor, en la que los territorios tienen importancia en la medida en que allí se desarrollan procesos que consolidan un proyecto de Nación, independientemente de su densidad de población, su extensión fisiográfica o su mayor o menor cercanía a grandes centros urbanos. Esta segunda escala revaloriza a las poblaciones que, en el Oriente y Norte de Caldas, han frenteado el horrorismo en momentos, ritmos y espacialidades concretas para dar paso a una civilidad que se reconstruye, restaurando la capacidad de agencia de las formaciones espaciales en los procesos sociales. Una planeación estructurada desde la institucionalidad nacional, regional o local que tenga en cuenta la escala como valor, puede consolidarse como un modelo de política pública descentralizado para posibilitar su ejecución y trascender en su gestión local, regional y nacional.
Búnker acondicionado como apartamento en el corregimiento de Florencia (Samaná)
Fotografía: Mario Javier Bucheli R., agosto 2014